Un día cualquiera de primavera, en un hogar cualquiera, a una hora cualquiera, un anciano deja de respirar al lado del Cantábrico. Su única familia es un pequeño de cuatro patas, un peludo de 12 años, tan anciano como el, con el que compartía los paseos por la playa, las tardes de sol en un banco o una terraza y las noches al calor del hogar. Se llama Burt y es una preciosidad rubia aun llena de vida. Ese anciano tiene otra familia, que quiere heredar la casa, pero no los amigos. Echan a Burt a la calle. Pero Burt no conoce otra cosa que su hogar, no entiende y se tumba en la puerta a esperar que le dejen entrar de nuevo. A esperar que llegue su dueño y le abra la puerta, le saque de paseo. A volver a poner la cabeza en sus rodillas como siempre. Burt no sabe que hay personas sin corazón que no entienden el calor de su mirada. Esas personas solo quieren que desaparezca, así que le pegan una paliza para asustarlo. Burt no sabe que ha hecho. Le gustaría decir que el no ha matado a nadie, que el solo quiere entrar en su casa y dar un ultimo lametón a su amigo humano. Pero hasta eso le es negado.
Algunos vecinos se apiadan y le dejan comida. Pero un perro en un pueblo turístico no puede estar mucho tiempo en la calle. Así que los servicios de recogida se lo llevan a la perrera donde estará condenado a pasar sus últimos días esperando a que llegue la muerte en forma de inyección. Es el destino de tantos otros. Pero no, esta vez no va a ser el de Burt. Burt nació bajo el signo de una estrella especial. El no lo sabe, pero tiene hadas madrinas. Una de ellas, el hada madrina azul, se entera del caso y entre rabia y lloros pide ayuda a otra de las hadas madrinas, la rosa. Entre las dos buscan hasta en los sitios más recónditos esperando encontrarle. Y le encuentran finalmente, en una jaula en una perrera, asustado, sucio y desesperanzado. Buscan un hogar para el y aparece una tercera hada madrina, de color verde, que vive muy, muy lejos, al otro lado del océano, pegadita al Atlántico. Pero las varitas mágicas de las tres solo pueden hacer la mitad del camino. En los cuentos siempre son tres las hadas madrinas, pero no en este, en este son cuatro. Quedaba el hada madrina blanca, que con su mini mágico de cuatro ruedas puede recorrer grandes distancias en poco tiempo. Así que rompen los barrotes de la jaula, se llevan a Burt, convierten los harapos en un traje nuevo de fiesta y preparan a Burt para su gran aventura.
Hacen mil km para llevar a Burt a su nueva casita y otros mil de vuelta. Allí le está esperando el hada madrina verde. En un sitio verde, como ella, lleno de otros amiguitos de dos y cuatro patas. Burt esta nervioso, pero contento porque sabe que esta vez nadie le va a pegar. Nadie le va a volver a echar de casa.
Podría ser un cuento con final feliz, una historia de buenos y malos. Pero no lo es. Es una de tantas historias reales donde seres anónimos deciden plantar cara a la miseria humana y convertirla en alegría y belleza con un solo toque.
Como Burt Lancaster en “El hombre de Alcatraz” hay personas que entienden la importancia de la amistad y la compañía que un pequeño gorrión puede proporcionar. La historia de Burt es también el espíritu de esa película y en algún lugar alguien ha querido que termine sus días acompañando a otros, con su mirada calma y su lealtad perruna.
Para Conchi, Nuria, Chelo y Maria, por hacer de hadas madrinas en "La Gran Aventura de Burt"
Hace muchos días que no actualizo el blog. Parece como que se hubiera quedado cortado de repente. La verdad es que me ha pasado lo que a los escritores, que me he quedado en blanco después de las vacaciones.
Me gusta Internet. Gracias a este medio he tenido la oportunidad de conocer a mucha gente, amante de los animales y de los perros que de otra manera no habría tenido la oportunidad de conocer. El resultado es que tengo un grupo de amigos desperdigados por la geografía a los que tengo muchas ganas de ver y pocas ocasiones. Todos muy distintos pero con algo en común. Ya casi ni recuerdo como era antes de empezar a aprender cosas de animales. Que hacia con mi tiempo libre. Como ha encajado esta afición que va mas allá de una mera afición. En este tiempo he cambiado todo lo que pensaba. Autores que me gustaban dejaron de gustarme y teorías que creía ciertas dejaron de parecérmelo. Cada vez veo más al hombre como un animal más dentro de toda esta variedad de especies que nos rodea. Que mira al mundo con la misma incomprensión que el resto de especies parecen mirarnos a nosotros.
¿Y por qué a algunos nos gusta rodearnos de miembros de otras especies y a otros no? ¿En qué momento pasan de ser incomprensibles a encajar todas las piezas y ver, de repente, que hay algo detrás, tan intangible y difícil de explicar como la amistad? ¿Cómo hacerle comprender a uno que no el porqué a mi si? Ni idea. Supongo que ni siquiera se podrá establecer una regla de aplicación general. O una teoría de alpargata. Y cada uno tendrá sus motivaciones. Si casi ni siquiera conozco las mías. Creo que me hacen entrar en un mundo de emociones sencillas, sin sentimientos retorcidos, sin segundas intenciones. Claridad, honestidad. Tengo hambre, como; tengo frío, busco refugio; si esto me hace feliz, lo repito. Cosas muy escasas de ver en mi mundo, donde todo es lo que no es y aparenta ser algo diferente. Laberintos de emociones de gente pretendiendo llegar a no se sabe donde a costa de no se sabe que. Ellos te devuelven a la tierra, al mundo de las cosas sencillas. Pase lo que pase fuera, cuando abres la puerta de casa y te vienen a saludar, todo lo malo queda lejos de repente. Es un superpoder misterioso, que convierte en esperanza todo lo que toca.
Chao Netz, echaré de menos los “desacuerdos”. Y las risas...